jaaaaaaa, pa Carlitos (un gasfitero parlanchin que no lee pero ni sus tarjetas de presentación), al que manyo hace no mucho y que me contó letras de más, letras de menos, lo que a continuación paso a relatar (Non Bis in Idem):
¿Cuántas noches de fin de semana habré caído en deslices que a la postre siempre han terminado deshonrando mi ego? No lo sé, debieron haber sido muchas, pero ninguna tan calimbada en mi memoria como aquella de la cual el reconcomio se ha ido asiendo para barrenar mi resiliencia martirizándome constantemente el haber ido a ese lugar cuando algo en mi interior me decía que no debía ir.
Todo empezó un sábado por la tarde cuando un amigo me invitó a la pollada de barrio que lo estaba organizando uno de sus tantos familiares afincados en los confines capitalinos. Gustoso acepté, y más que por cortesía o ganas de ir lo hice por salir del atroz aburrimiento en el que estaba inmerso ya que para ese tipo de mojigangas no suelo entusiasmarme así nomás.
La voz de mi conciencia me salió al frente porfiando en hacerme desistir incluso cuando me encontraba en el bus. Cuando llegamos al punto indicado, la música y el barullo eran aún incipientes, tan solo había un grupo bebiendo licor, y muchas de las sillas, que todavía estaban vacías, denotaban que habíamos llegado demasiado temprano. La anfitriona de la casa, que era su tía, salió a recibirnos y nos entregó una cerveza, cortesía suya, como agradecimiento por haber asistido. Nos sentamos en un rincón prestos a bebérnosla no dejando de bufar la voz de mi conciencia pero ya no con la misma vehemencia. Como yo sabía que un par de botellas la harían callar drásticamente por lo menos hasta la resaca del día siguiente, me decanté por pedir presurosamente una tanda de seis chelas las cuales puestas en ringla parecían bombardas de silenciamiento prestas a actuar ni bien fueran destapadas para fulminar sin dilaciones a mi atosigadora conciencia.
Luego de comer nuestros respectivos platos iniciamos el bombardeo a la par que íbamos viendo el llenado paulatino del recinto con gente cuyo comportamiento tan zalameramente chabacano creaba en mí una ojeriza que no podía disimular más que fumando. Mi enfurruñada tesitura por no poder botarlos, que hubiera implicado hasta a la dueña por haberla escuchado hablar barbarismos del calibre de “dijistes”, “hayga” y “nadies”, se fue alivianando con el sonido de la música pachanguera la cual me abstraía haciéndome sentir una ínsula corpórea, arrimada es verdad, pero con un calado tan deleitante que si inicialmente pensaba arrancarme ni bien se terminaran mis bombardas, al toque cambié de opinión y me pedí seis más respondiéndole a la anfitriona que “bien” cuando ésta me preguntó cómo la estaba pasando.
Estando menos hosco recibí la noche uniéndome a la mancha a la que se había unido mi amigo durante mi abstracción. Los efectos del alcohol torpedearon mis remilgos haciendo aflorar mi lado parlanchín y jaranero al punto de sentir la ebullición populachera del ambiente inocularse en mis venas acezadas de brindis y más brindis, y de bocanadas y más bocanadas. Todo iba trasvasándose en válido, desde el tuteo hasta los toqueteos impropios en las bailantas de magreo, todos los patas se iban convirtiendo de a pocos en mis amigos del alma, como casi siempre pasa, y en los redivivos coetáneos de toda mi vida, y todas las hembras, sucumbiendo a la coquetería y el flirteo, eran para mí vaquillas de plaza suelta si su condición era de casadas, y disolutas impenitentes, arrechas de lupanar, si estaban solteras. No había cabida para decirle que “ya” a mi amigo cuando éste me decía que ya era hora de irnos. Me negué rotundamente a hacerle caso a pesar de su altisonante insistencia, no quedándole de otra que irse solo, lanzándome antes una mirada réproba y farfullándome una frase que más parecía duda que aseveración, “te quedarás aquí con mi tía, entonces”.
De allí lo que vino fue una marejada de botellas diseminadas por todos lados, algunas vacías, otras intactas. Mi espíritu festivo que progresivamente iba decayendo recuperó otra vez su absoluta animosidad cuando por uno de los espejos noté la emanación lasciva proveniente de una figura de curvas armoniosas y cabellera de diosa que apareció y desapareció fugazmente dejándome una inaguantable impregnación sicalíptica que busqué aplacar aferrándome a una andanada de elucubraciones que eran como hilos distractivos que se fueron quebrando a medida que me embriagaba más y más.
Hasta que pasó. Amanecí en un cuarto maloliente tirado en un jergón que estaba colocado al lado de una pared tarrajeada de grasa y garabatos. Un dolor de cabeza me martilleaba despiadadamente y yo en mi afán de encontrar una postura que lo menguara daba vueltas y vueltas sin darme cuenta que un pata dormitaba a mi lado. Cuando por fin lo hice un estremecimiento me vapuleó desencajándome horrorosamente al ver que parte de su indumentaria estaba constituida por un largo bisoñé que yacía a su lado junto a unos acolchonados cojines que parecían ser motas de colegio fiscal y unos tacos de punta biselada. Tratando de desamodorrarme me intenté parar dándome con la sorpresa que tenía el pantalón bajado. En eso entró un tipo de aspecto morisco, el cual mirándome con cacha me dijo “provecho, causita”, comunicándome luego que mi amigo me había venido a recoger. Tanto fue el desconcierto de su actitud burlona que me abalancé contra él y le conminé a que me dijera porqué diablos había dicho eso. “Tú lo sabrás pe´ causita, por algo has amanecido con ella”. ¿Ella, ella, cuál ella baboso?, le increpé metiéndole un ñeque al no aguantarme su impertinencia. Como a leguas se notaba que no era una perita en dulce mi reacción trajo cola. Forcejeamos hasta despertar al cabritilla que dando alaridos se paró tratando de calmar la situación. Otras personas llegaron atraídas por la bulla, entre ellos mi amigo quien me agarró por atrás para separarme. Insultándolo le dije que me soltara para sacarle la gran puta al tipejo ese por haber insinuado que yo había tenido algo con aquel travesti, quien todo presuroso se vestía en una esquina.
Saliéndome al frente la anfitriona me dijo, “Tú no eres nadies para tratar así a mi ahijado, porque número uno estás en mi casa y número dos, tú mismo lo dijistes, él tan solo lo insinuó, y que hayga o no hayga sido así, solamente la Emily y tú lo saben”, desprendiendo su enfado con los ojos saltones.
Tundeado por aquella verbosidad opté por ponerle paños fríos a la inquina, levantándome el pantalón y calzándome mis zapatillas sin mirar a nadie. Al salir, mi conciencia fue como un reflector que impregnó un aturdimiento que hasta ahora me persigue, diciéndome “te lo dije, te lo dije”, el cual se avivó cuando estando en casa encontré unos chupones que irrefutablemente probaban mi desguace.
Entonces una sola pregunta cayó por su propio peso, ¿había sido yo el activo o el pasivo? Como no me dolía el culo, al menos ese era mi pírrico consuelo.
domingo, 4 de enero de 2009
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3 comentarios:
Debo confesar, ante este mar de palabrejas... que soy una maniática de la buena escritura y sobre todo del buen hablar... siempre lo he sido, desde que me di cuenta que era una de las pocas personas a las que les importa dicho tema. A raiz de esto... abandoné el barco de las correcciones ajenas y ahora digo: ya fuistes!
leer esto ha logrado que vuelva a mi origen.... jajajajajjajaja
Io Excrivo komho Qierro! lleeeeeeee
Con que poco te consuelas ;) jeje
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