domingo, 21 de junio de 2009

Espolvoreo

La heredad granítica de los varones que llevan el galón de mi apellido tiene a su gallo más ínclito en mi padre, quien sobre el caballete de la cabalidad retoza, hace regates, anda y desanda, como si para él los bretes fueran juegos de jardín que lo convierten en el niño que superpone sus cáscaras de adulto al filo que mi madre posee con esa gallardía que la hacen ecuménica, imprescindible y señera. Ella lo monda, lo desarma como si fuera la pleamar que se traga al barquito de papel que osa a navegar sobre sus aguas. La dinastía es para los dos la conjugación monoica. Él el estambre, ella el pistilo, yendo a su guarida, fusionándose en el arquetipo de todos los que tienen la fibra de eros. No hay propósito de crítica, tampoco de encomio. El verdor cede a la terrosidad, lo venusto a lo senescente. A ellos les falta para que lleguen a esa condición. A él sobre todo, pues el sucumbir de él, es el sucumbir de ella, y ella todavía está regia.
Nunca hago esto, nunca hablo de ellos, pero me es inevitable hacerlo ahora más que nada por encontrarme sorprendido por su cuarto de siglo de estar juntos; en el asiento registral de otras uniones, celebradas a lo grande o sobriamente, en primera o segunda nupcias, habiéndose comido la torta antes del recreo o esperando hasta que sonara la campana, sea como fuera ya están borroneadas. Ellos en cambio permanecen imbatibles, con una que otra magulladura es verdad pues no todo es perfecto, al lado de quienes en sucesiones de tiempo de no mucha dispersión han sido fruto del espolvoreo que mi viejo con su catadura de semental le ha sonsacado a mi vieja con tres ejemplares a quienes ha querido, y sigue queriendo, con la ternura insoslayable de un padre que no es déspota pero tampoco sobreprotector.
Con nosotros mi viejo le dio en el blanco a sus grandes faenas. Mi vieja le hacía hurras.


Feliz día pa

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